CALVARY: HÁGASE TU VOLUNTAD

De Nicholas Nicou

Calvary, el tercer largometraje del director John Michael McDonagh, es una de las películas más impresionantes de nuestra época. Con una trama llena de humor negro, la película nos invita a considerar la borrosa distinción entre los pecados y las virtudes y logra ofrecer un retrato filosófico de una comunidad sumida en una profunda crisis moral.

En Sligo, Irlanda, un sacerdote llamado James Lavelle escucha la confesión de un parroquiano local, el cual, oculto al otro lado del confesorio, amenaza con matarlo en siete días.  Inseguro de que la amenaza sea seria, el padre guarda el secreto sin recurrir a la policía y continúa con sus funciones sacerdotales. No obstante, una serie de atentados malévolos siguientes a la amenaza probarán su buen carácter y su fe en la bondad inherente del hombre.

En el contexto de Irlanda bajo la estela de una crisis económica, nos encontramos con una comunidad de almas atormentadas en  busca del único propósito de la vida. Cada uno de ellos está atormentado por sus propios demonios y todos continúan viviendo sin recorrer a la ayuda de la Iglesia Católica. El padre se convierte en una figura injuriada, en vez de ser la fuerza unificadora al centro de la comunidad.

En Sligo, los ciudadanos no rechazan simplemente las doctrinas de la Iglesia sino que además las infringen deliberadamente. No obstante, como regla general, sus acciones no son malintencionadas sino mal orientadas, impulsados por conflictos y resentimientos arraigados.

Ese es el caso por Veronica Brennan, una mujer local quien infringe las enseñanzas de la Iglesia en cuanto a los deseos carnales al romper sus votos matrimoniales y al comenzar una nueva relación con el mecánico ghanés Simon. Aunque provoque al padre con cuentos explícitos de su comportamiento adúltero, aprenderemos más tarde que la mujer es golpeada por su marido de forma brutal. Una víctima del abuso doméstico, Veronica busca el cariño que le falta en el ámbito familiar en su relación con Simon y oculta su dolor al tomar drogas duras y crear una imagen de placer libertino.

Entretanto, el millonario Michael Fitzgerald aprende que el dinero no puede comprar la felicidad. Con más dinero que podría gastar en diez vidas, ocupa una mansión vacía tras la separación de su mujer, la cual se ha quedado con la custodia de sus hijos. Con el sentimiento de tener todo y a la vez nada, sustituye las relaciones amorosas y significativas por una fortuna superficial. Sin embargo, no buscará la salvación a la iglesia: para él, la Iglesia Católica es tan culpable como ello de amontonar riquezas mientras otros tienen necesidades básicas sin resolver.

El bar será también un punto focal para el resentimiento anti-clerical, ya que su dueño se enfrenta a la posibilidad del embargo inmobiliario. Sin los recursos necesarios para pagar el alquiler, el dueño reprocha severamente a Lavelle y la institución que representa por su hipocresía. En sus sermones domingueros,  no se enfrenta con la elite bancaria que causó la tormenta financiera del país: ¿no son ellos los verdaderos demonios de nuestra época, dice? ¿Si volar es un pecado, por qué es que estos banqueros están absueltos de sus maldades?

Otros miembros de la comunidad tienen otros problemas que resolver. El médico Frank Harte observa la destreza inexplicable de la gente en el día a día del hospital y, por consiguiente, toma drogas duras y hace bromas vulgares para distanciarse de los horrores cotidianos que experimenta en el trabajo. Un ateo autodenominado, siempre quiere probar la fe del sacerdote al decirlo historias abrumadoras de las penurias humanas.

Un monólogo escalofriante hasta el final de la película llama la atención: durante una operación rutinaria, un médico hace un error casi fatal que deja a un chico ciego, sordo y mudo. Cuando el chico despierta, abre sus ojos pero no puede ver; escucha a su madre, pero no oye nada; quiere pedir ayuda a gritos, pero no puede hablar. El chico deambula en la oscuridad, esperando en vano que alguien oiga sus gritos silenciosos. ¿Quién podría explicar por qué este chico experimenta tal sufrimiento, Harte pregunta? ¿Por qué es que alguien si inocente siente este dolor? Para él, este sermón funciona como un conducto para el temor y la confusión inherentes que siente en un mundo donde impera el sufrimiento.

No obstante, nadie es testigo de la distinción borrosa entre lo moral y lo inmoral como el hombre desconocido en el confesorio al principio de la película. Mientras explica el abuso que sufrió de niño a manos de un sacerdote, tenemos que reflejar sobre el abuso pavoroso de poder  que permitía ciertos sacerdotes de aprovecharse de niños inocentes con completa inmunidad durante un gran parte del siglo veinte.

Al contrario que los otros personajes de la película, este hombre no se satisfará con una simple denuncia del padre: después de sufrir en silencio durante su vida entera, tomará en sus manos la  acción de matar al cura en forma de catarsis emocional.  Como admite, este es un destino  que Lavelle no merece, ya que no ha hecho mal a nadie. Pero en la opinión del parroquiano misterioso, es por esta misma razón que tiene que morir. Matar a un cura mal, dice, no tendrá ningún impacto; pero matar a un padre bueno será un comentario chocante sobre cuán lejos hemos desviado del camino de la virtud.

Desde la primera escena de la película, Lavelle se ve como el cordero sacrificial de Sligo. Calvary es, después de todo, la colina sobre la cual Jesucristo fue crucificado – el hombre que murió por los pecados de toda la humanidad en la fe cristiana. Mientras que seguimos la vida de Lavelle durante siete días, su fe en Dios y en la humanidad se muestra cuestionada por los parroquianos de manera inocente al principio y de manera insidiosa al final. Su papel es el de ayudar y guiar a la gente durante los tiempos más difíciles, pero ¿qué se debería hacer si esa misma gente no deseara ser ayudada? ¿Por qué llevar la gente al recto camino si siguen contradiciendo sus sermones  a través de flagrantes pecados?

Sobre todo, Calvary ofrece una expresión de una sociedad en crisis, donde los efectos debilitantes de la recesión financiera se reúnen con una desconfianza de la iglesia católica – y de la religión organizada en general – en el siglo veintiuno. La película de McDonagh nos invita a considerar la distinción borrosa entre lo moral y lo inmoral en la sociedad además de cuestionar los principios sobre los cuales basamos nuestra existencia. A menudo, Calvary crea más problemas de los que resuelve; de todas formas,  al final nos encontraremos con una película tan impresionante como importante.

(Imagen: Álvaro Hernández: [http://alvaro-hernandez.tumblr.com/])

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